Una madre de tres niños

Una señora, madre de tres niños de 10, 8 y 5 años va todas las semanas a la adoración pese a que debe atender a sus hijos y a su marido. Ella eligió como una hora semanal de la medianoche a la una. Cuando se le preguntó porqué había elegido esa hora dijo: “Bueno, a mí me parecía una hora cómoda. Es una hora en la que nunca te cita el médico… En la que has acostado a los niños…”.

Cuando se le dijo, entonces, para ti, no es lo mismo rezar en tu casa que llegarte hasta el Santísimo expuesto, respondió: “No, no es lo mismo, realmente no es lo mismo. Es verdad que el Señor está en todas partes, que le podemos descubrir en el rostro de todos los que nos rodean, que vemos su mano en todo lo que nos pasa, nos acontece y lo que vemos, pero el ponerse delante de su presencia es algo realmente especial.” Y agregaba, justificando su decisión de ir a adorar al Señor: “Lo primero que uno piensa es que verdaderamente en el corazón del Señor hay mucho amor que agradecer, que devolver, y también mucho agravio que compensar. Pero es que yo hoy también, en este mundo en que vivimos, me parece escucharle como dijo entonces: las raposas tienen su madriguera y las aves del campo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar, donde reclinar su cabeza. Pues creo que eso es la Adoración. El decir, pues, aquí estoy yo: reclina tu cabeza sobre mí.”

Y luego decía: “Pues, ¿quién no quiere ser más feliz? ¿Quién no quiere encontrar paz, un alivio para su desasosiego, un remanso donde descansar? Es que es algo que todos buscamos. El hombre hoy día es un ser desapacible, desilusionado, yo creo que porque pone su confianza donde no debe, porque busca su bienestar en sí mismo y confía mucho en su capacidad. Estamos rodeados de un muro de necedad, como el de los discípulos de Emaús, no terminamos de confiar ni de creer en Su Palabra. La clave está en buscar esa confianza… depositar esa confianza en quien debe depositarse: en la Misericordiosa Bondad de aquel a quien el Padre ha confiado nuestro cuidado. Así, pues es más fácil encontrar la paz, desde luego. La paz que tanto buscamos, que tanto necesitamos. Es muy fácil oír a la gente decir: “pues estoy con el bajón”; “estoy deprimido”; “es que , estoy desesperado”; “es que, qué impotencia”… Pues, es un poco, pues, eso, romper ese muro de necedad y abandonarse en Él, en su Misericordia y dejar que Él nos contagie de esa paz. El adorador no da nada. Una, dos horas, no es nada. El adorador recibe. Y recibe una medida abundante, generosa, rebosante…Recibe el ciento por uno de una alcuza que, nunca, nunca se agota…”

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