Pronto el Señor cogió las dos……. y los brazos, y el cuerpo, y la cabeza y sobre todo el corazón.

Llegué a la Adoración un poco por carambola, aunque sé que no se puede hablar de carambolas cuando anda el Señor por en medio, pero Él se sirve de mil caminos para atraernos a SI y el mío fue de rebote.
Mi hija , junto con un grupo más de personas empezó a colaborar en el proyecto de montar en Palma una Capilla de Adoración Perpetua.
En ello estaban, dando ya sus primeros pasos, cuando en el Noviembre del 2.012 nuestra hija nos comunica su intención de entrar en un convento de clausura y dejar por tanto todos aquellos proyectos en los que andaba metida que eran bastantes, y uno de ellos, era éste.
Entonces, nos pidió a su padre y a mí que nos apuntáramos ya que ella se iba y a mi que la sustituyera en la labor de apoyo y ayuda que ella realizaba como coordinadora.
Yo era creyente, practicante, aunque vivía mi Fé de una forma bastante superficial y con muy pocas implicaciones, pero le dije que sí , más que nada bajo el shock de la noticia que nos daba, ella me dijo que también a mí me iba a ayudar y la verdad es que lo necesitaba porque estaba bastante asustada ante la noticia de mi hija que se me venía encima y el interrogante para mí de cómo iba a llevarlo y si sabría renunciar a ella de una forma tan radical.
Y decidí dar una mano………….¿una mano? Pronto el Señor cogió las dos, y los brazos, y el cuerpo, y la cabeza y sobre todo el corazón.
Empecé a ver mi universo personal de otra forma, me sorprendía a mi misma, mis pies, casi sin que se lo mandara se dirigían a la Capilla, incluso me apunté a turnos de noche (algo insólito en mi que toda la vida he sido de acostarme con las gallinas) pero era aquí, en la Capilla donde reposaba, me serenaba y me llenaba de una alegría interior nueva.
Y fui cambiando, yo he sido siempre ansiosa , inquieta, impaciente, miedosa y muy tímida, pero mi corazón y mi mente se fueron llenando del Señor cambiándome a mejor todos estos sentimientos.
Y, cuando el Señor me tuvo ya muy enganchada a Su Corazón llegaron las pruebas, pruebas la verdad muy duras, que me obligaron a salir de mi casa, de mi entorno, de mi ciudad, a alejarme de mis nietecitos que eran mi alegría, de mis comodidades y también de mi Capilla de la Adoración Perpetua, nos obligaron a desplazarnos, nos llevaron a vivir en un lugar nuevo para nosotros sin saber cuándo podríamos volver a lo que era nuestro entorno familiar; sufrimos y lo pasamos mal, pero el Señor estaba muy, muy cerquita, porque El siempre está muy cerca de los que sufren, tan cerquita que prácticamente cruzando la calle en la que vivíamos había una Capilla como la nuestra de Palma de Adoración Perpetua abierta también las 24 horas del día y pegadita a ella una Parroquia en la que nos acogieron desde el primer día como si fuéramos parroquianos de toda la vida, sin preguntas, con un cariño y una acogida de hermanos, entonces empecé a pasar largos ratos con el Señor en la Capilla, a frecuentar la Parroquia con unas Eucaristias vividas, a alimentarme con los consejos y el Sacramento de la Penitencia de nuestro Párroco D. Pablo, un pastor preocupado por su rebaño las 24 horas del día, a servir ayudando en la limpieza de la Parroquia y de la Capilla de Adoración, el pack estaba completo.
Hice de la Capilla de Adoración mi reposo, y allí en aquellos largos ratos de estar con El, de sufrir con El, de llorar con Él, allí comprendí perfectamente la Bienaventuranza del Evangelio.
“Bienaventurados los que lloran dijo Jesús” y esto fue lo que yo viví y sentí, Bienaventurados porque El consuela y nuestra tristeza y nuestras lágrimas con Él se convierten en un gozo interior , profundo.
Pasé dos años allí y mientras se sucedían estos largos ratos de permanencia con Jesús´Èl iba realizando Su obra conmigo, curando mis heridas, quitándome mis miedos, dando luz a mis ojos, llenándome de esa paz y esa alegría nueva que nadie te puede arrebatar.
De tal modo fue así que una vez superadas las dificultades y de regreso a aquí mi casa, mi tierra y mi familia no puedo menos que sentir una gran nostalgia de aquellos meses pasados tan cerquita de Jesús sufriendo y llorando juntos.
Y, estoy aquí otra vez, en mi Capilla, de nuevo me acompaña mi familia, mis nietecitos con su alegría y su bullicio, mis amigos de siempre, pero yo no soy la misma, mi corazón no es el mismo, ni siquiera veo las mismas cosas, cuando paseo por mi ciudad ahora veo aquellas cosas que Jesús quiere que vea y que antes no veía, veo los necesitados, los que sufren, los enfermos, los pequeñitos, ellos me recuerdan con su presencia el sufrimiento de Jesús.
El miedo que todavía siento más fuerte que nunca es el de alejarme de Él porque sé que si estoy con Él como dice San Pablo en su carta a los Romanos “en todo vencemos gracias a Aquel que nos ha amado, pues ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni presente, ni futuro, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del Amor de Dios”.
Que así sea siempre en mi vida por Su gracia. Amén

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