Jesús mio y Dios mio, aquí estoy

Era un sábado por la mañana. Había decidido, cosa inusual en mí, hacer una larga caminata por el Paseo Marítimo, pero pensé en ponerle un destino, y ese destino no era otro que la Capilla del Centro de Adoración Perpetua en la Calatrava. Allí estaría unos 15 minutos con el Santísimo y de vuelta a casa por la misma ruta, deshaciendo lo ya andado.
Tardé exactamente una hora desde mi casa hasta la Capilla, y cuando llegué eran las 8’55 minutos de la mañana. Estaban retirando al Santísimo y preparando el altar para celebrar la Santa Eucaristía. Me quedé sorprendida y desilusionada. Mis planes se alteraban. No estaba previsto este cambio. Pero decidí quedarme, aunque eso supusiera alargarme más de lo previsto en mi descanso. Oí la Misa y decidí quedar sólo 5 minutos más cuando de nuevo colocaron al Santísimo presidiendo la Capilla.
Me disponía a salir cuando se me acercó con mucha delicadeza Sor Angela y me preguntó si yo era adoradora. Le contesté que no, con la duda interior de si esa pregunta quedaría sólo ahí o si daría paso a más preguntas. Y en seguida Sor Angela continuó, ¿quieres serlo?.
¡Vaya¡ Esa pregunta me incomodaba un poco. No la tenía prevista. Yo sólo había ido a dar un paseo y de repente me preguntaban si quería comprometerme con el Señor, para acompañarlo, para que no estuviera sólo en su casa. Mi primera reacción fue evasiva y quería escapar. Pero enseguida pensé que no podía decirle que no al Señor. Con un hilo de voz le pregunté qué días sería eso. Hablamos de las franjas horarias y de toda la organización, y al final quedamos en un día y una hora.
Volví a casa tan sorprendida como extrañada. ¿Qué había pasado? ¿Cómo me había comprometido a esto? Había visitado antes la Capilla y al Santísimo varias veces. Pero sin obligaciones. Sin ataduras. Sólo cuando yo quería, en mis ratos libres y cuando a mí me iba bien. De ahí a comprometerme como adoradora va un trecho. Ahora tenía un compromiso con Jesús, no dejarlo sólo el rato que habíamos convenido. Había contraído una obligación más en mi ya ajetreada vida. Veríamos como iría todo…
Dos días más tarde acudí puntual a mi cita. Entré en la Capilla, me arrodillé ante el Santísimo y sintiéndome un tanto extraña le dije al Señor: “Jesús mío y Dios mío, aquí estoy. No sé bien porqué ni cómo ha sido. Pero aquí estoy. Me comprometo a acompañarte y a no dejarte solo”. Y entonces, todo comenzó. Sentí una cálida bienvenida, un abrazo espiritual y la sonrisa de quien hace tiempo que te espera y por fin te ve llegar.
Desde entonces hasta hoy han pasado tres años. Muchos lunes he estado ahí rezando y conversando con el Señor. En el silencio de la Capilla Dios habla bajito, claro y directo a tu corazón. Sólo hace falta tener los oídos bien despiertos y ganas de escuchar. Habla con mucha suavidad, con muchísima dulzura y humildad. Respetando siempre tu libertad. Y nuevamente te recuerda lo que lees en los Evangelios. Te despierta la conciencia y saca lo mejor de ti. Te recuerda que eres la sal de la tierra, y que tienes la obligación de dar fruto.
Poco a poco va cambiando tu vida, tu forma de pensar y de actuar. Vas abandonando lo programado de tu vida y la tibieza en la que vivías, para abrirte a una vida más auténtica y comprometida, confías en Él, te apoyas en Él, y aceptas plenamente Su voluntad. Descubres que Él te da el coraje para seguirle a pesar de todas las dificultades. Él también te hace comprender que la Fe debe ir acompañada de obras, y que la fuerza del Amor lo puede todo. Y siempre de una forma dulce y tranquila. Sientes que Él te quiere como nadie y que su Misericordia y su paciencia son infinitas.
La obligación contraída con el Señor pronto dejó de serlo y se convirtió en un deseo y una verdadera necesidad. Si tuviera que definir esa hora de Adoración diría que es como una ola de paz, de amor, de reflexión y de enseñanza que baña tu alma. Dios convirtió la obligación que contraje, en un inmenso y precioso regalo.
Sí amigos. La Adoración me ha cambiado la Vida, y ese cambio, tan radical y positivo también ha repercutido en mi familia. A todos nos ha llegado la fuerza de Su Amor inconmensurable e incomprensible para el hombre. Dios me llamó a través de un instrumento y me está enseñando a vivir mi vida de forma mucho más profunda, rica y con entrega a los demás. Y me hace mucho más feliz. ¡Bendita llamada¡
Creedme, vale la pena. Al igual que sucedió con los Apóstoles cuando le despertaron por miedo a la tempestad, ante el Santísimo, cuando estás triste o apesadumbrado, cuando las fuerzas te flaquean, cuando el desánimo se apodera de ti, cuando crees que no hay salida, sientes como Él nuevamente te repite “No tengas miedo. Ten fe. Yo estoy contigo.” Y una sensación de amparo, confianza y fortaleza inexplicables invaden tu alma.
Dejad que Cristo entre en vuestro corazón. Sentiros sólo una semilla, y dejad que El haga el resto.
¡¡Bendito y Alabado sea el Señor por siempre¡¡.

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