De la «nueva era» a la adoración perpetua

    Llevo dos años siendo adoradora de la capilla de adoración perpetua de Mallorca. La conocí a través de la hoja dominical de la Diócesis. La curiosidad me llevó hasta allí y muy pronto empecé a formar parte de la cadena de adoradores.
   Yo no siempre había sido católica practicante. Perdí la fe en el inicio de mi época universitaria y, a partir de entonces, empecé un largo periodo de búsqueda que me llevó a corrientes de filosofía oriental, budismo,… etc. Una búsqueda incesante y frustraciones sucesivas. En el año 1996 fui a parar, todavía no sé cómo, a un retiro de Semana Santa organizado por una comunidad religiosa en un monasterio de la serranía de Cuenca. Aquello era algo que estaba muy lejos de mi mundo. Las condiciones físicas del lugar hacían muy difícil salir de allí. Una encerrona. Pero aguanté toda la semana. Aquello fue el principio de un cambio profundo que culminó en mi conversión. Pasados los años veo tan claramente la intervención del Señor que no acabaré nunca de darle las gracias.
    Al principio de iniciarme en la adoración encontré allí un espacio de paz y reposo que me sentaba física y espiritualmente bien. Pero los frutos de la adoración han ido creciendo y me doy cuenta de que esta presencia de Dios en la capilla de adoración ha ido creando un aumento de la presencia de Dios en mi vida. El Señor a través del tiempo hace su trabajo y en estos dos años poco a poco creo haber vivido una transformación personal. La adoración ha pasado a ser algo insustituible, sanador, de donde saco la energía, la esperanza, la alegría,… También ha servido en mi caso como una toma de conciencia en profundidad de mis límites mis defectos y debilidades que me augura un largo trabajo en este sentido.
   ¿Cómo vivo la adoración en este momento? Es un regalo, un privilegio. Tras mi conversión, el mayor regalo que he encontrado en la Iglesia ha sido la adoración. Creo haber entendido algo sobre «adorar en Espíritu y Verdad«, orando con el corazón, con honestidad,… y lo demás lo pone Dios.
   Doy gracias a Dios y a todas las personas que han intervenido en mi vida para conseguir acercarme al Señor.

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